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El largo camino de Nacho

Actor, músico, clown, malabarista, tarotista, militante… son algunas de las múltiples calificaciones que le caben a Ignacio Masneri, el artista venadense que se fue de la ciudad hace casi 20 años y que ha recorrido un largo camino, haciendo base en Buenos Aires. De los malabares en el semáforo al estudio de Arte Dramático, de la militancia cultural con el Circo Trivenchi a tocar el Himno Nacional para la Presidenta en la Casa Rosada, de El Choque Urbano a su regreso a El Galpón del Arte. Todo convive en el universo de Nacho Masneri.

Se vinculó con la actuación a los 12 años, cuando empezó a participar en el Galpón del Arte con Ñoti Martínez, Cacho Fernández, que ya andaban cerca de los 30. “En aquella época el lugar era mal visto, por eso tuve que pelear con mis viejos que me decían que no vaya al Galpón que ahí estaban los 'falopa', hasta que un día agarré a los chicos y les dije lo que pasaba, fueron a mi casa el Ñoti, el Jota, el Torro y Cacho, hablaron con mis viejos y los terminaron queriendo más a ellos que a mí”, asegura Masneri. Tanto es así que con el tiempo “todos los fines de semana a las 6 y pico le caíamos a mi viejo borrachos con la carne y él se levantaba para hacernos el asado”, recuerda con una sonrisa.

En simultáneo, Nacho hacía música en diferentes bandas de la ciudad y en su historia hay incluso un trabajo en la impresión del Diario El Informe, donde estuvo un año y medio. Era el año 93 o 94 (el entrevistado evidencia que recordar fechas no es una de sus virtudes) cuando decidió dejar el trabajo e irse a Buenos Aires para estudiar música “porque me apasionaba la guitarra y para mí los instrumentos, la máquina de efectos y la grabadora multipista eran el mayor tesoro que tenía”. La decisión de irse fue porque “acá había un ambiente competitivo en la música, donde nadie se divertía sino que iban a ver cómo tocabas. Pero llegué allá y me pegué un palo, porque Buenos Aires es re duro. Vivía en un lugar medio de mala muerte en Ciudadela, estuve nueve meses donde me encontré fuera de la casa, girando y con todos los peligros al alcance, pisando todos los palitos que encontraba”, admite.

Entonces regresó a Venado Tuerto y se puso a estudiar Ciencias de la Educación, pero “me di cuenta que por algo me había ido, que algo me picaba y acá no me podía rascar. Me volví a Buenos Aires, pero en otra condición, parando en la casa de Richard Forcada que me dio trabajo y una habitación a cambio. Seguía estudiando guitarra, pero tuve otra crisis y se me prendió la lamparita, porque yo hacía diez años que era actor”.

Entonces Masneri se anotó en la Escuela Municipal de Arte Dramático (EMAD): “Rendí el examen donde entrábamos 60 de 780 inscriptos, hice las audiciones y quedé. Empecé a cursar, y cuando estaba en primer año conocí a María Paz, que era malabarista. En esa época no había tantos malabares, se veía poco y muy sencillos. Me enamoré y empecé a hacer malabares, me empecé a encontrar con el circo, relacionándome mucho con el clown”.

El circo cada vez ocupaba más tiempo en su vida, por eso dejó el EMAD en tercer año, cuando ya hacía malabares con clavas en los semáforos. “En tres meses de trabajar muchas horas por día me pagué el primer viaje a Europa. Estuve unos seis o siete meses, conocí mucha gente, vi los festivales y otro respeto por el circo, que acá todavía cuesta porque por ahí un tachero te gritaba 'sos malísimo' o piensan que estás mendingando, cuando en realidad hay una búsqueda clara porque no a cualquiera le sale”, remarca.

 

Tiempo de Trivenchi

A poco de regresar, Nacho descubrió que unos conocidos del semáforo habían okupado un galpón en Villa Crespo. “A la semana pasé y el lugar era un desastre, pero terminó siendo Trivenchi, una cooperativa de trabajo que ya tiene 13 años de vida y un perfil muy social, anárquico en todos los sentidos. Fue una gran etapa de mi vida, porque iba viendo el sentido social que tenía el circo, que es una de sus grandes banderas”.

En Trivenchi, Masneri despertó su costado de militancia dentro del arte y su compromiso fue tal que se convirtió en el director escenográfico del espacio y se fue a vivir al galpón. “Volví al EMAD para terminar y nutrirme más pensando en las necesidades de Trivenchi. Dirigí un espectáculo que fue buenísimo, lo hicimos en el Centro Cultural San Martín y la crítica lo elogió mucho”. Se llamaba 'Duendes', pero “nos robaron la autoría porque de tan anarquistas que éramos no registramos la obra y lo hizo un tránsfuga que se dedicaba a robar el trabajo de otros”, lamenta.

 

El Choque Urbano

Inquieto como pocos, Nacho dejó de vivir en el galpón (pero nunca se fue), siguió investigando en la música, en los malabares, se separó, volvió a Europa, regresó a Argentina… “Descubrí una técnica que es el triángulo, que no hay muchos en el mundo que lo hagan, que es malabarear con pelotas que rebotan dentro de estructuras angulares, muy vinculada a la música. Y gracias a eso me encontré con el Choque Urbano, que al igual que El Galpón del Arte y Trivenchi, fue un gran cambio en mi vida”.

Estuvo cuatro años en la compañía, viajando por todas partes con la presentación de un espectáculo del que participó en la creación. Hasta que dejó la compañía y volvió a Europa, donde estuvo tres años. En el medio “tuve una hija y mi mujer (Ileana Pastorino) es una gran trapecista que la contratan en diferentes partes del mundo, fue seleccionada en el Cirque Du Soleil. Hace ocho años que estamos conformados como familia”, cuenta con orgullo.

Cuando volví de Europa la compañía del Choque Urbano volvió a abrirme las puertas, el espectáculo actual es 'Baila', en el cual no actúo porque no participé de la creación, pero sí lo hago en el segundo espectáculo que se vende a eventos”. Y fue gracias a su intervención en este grupo que “tuve la suerte de estar tocando el himno a cinco metros de la Presidenta Cristina en la Casa Rosada, con el Choque Urbano en forma conjunta con los granaderos. Fue uno de esos momentos donde uno no puede creer dónde llegó. Fue algo muy importante, algo así como un triunfo”.

 

El puente a Venado

Con su familia todavía viviendo en Venado Tuerto, Nacho nunca se alejó de su ciudad. “Hace unos diez años que me dedico a estudiar el Tarot y cosas de la mitología, y descubrí 'El viaje del héroe', donde el héroe se convierte en tal cuando vuelve al punto de partida a dejar la ganancia que ha obtenido en su vida. Lejos de pretender ser un héroe, entendí que debía volver a Venado Tuerto para traer la información que recaudé hasta el momento”.

Fue entonces que hace unos ocho años vino con un grupo de gente “y lo llamé 'Puente Cultural' para traer un poco del fuego de Trivenchi. El Ñoti me abrió los brazos y El Galpón, hicimos talleres y varieté (igual que ahora) y eso prendió mucho porque fue una semilla que ahora venimos a nutrir un poco más. Mucha gente se prendió en la actividad del circo”.

 

-Con todo lo que hiciste, la pregunta es ¿cuántos años tenés?

- Tengo 38 años, pero las cosas pasan rápido...